martes, 3 de febrero de 2015

Editorial 11 de LEA Revista del Interior 18-08-2006

              Hemos escuchado por estos días, después del 6 de agosto, infinitos comentarios a raíz del resultado electoral que ha colocado al representante del Frente Cívico, en la conducción de los destinos de nuestra ciudad, para el próximo periodo de gobierno municipal.
              Siguen los ataques y contraataques.
              A lo mejor es demasiado inmediato pretender que la triste y dolorosa forma de hacer proselitismo adoptada por algunos políticos, culmine ya; pero son tan grandes las heridas provocadas que van a seguir sangrando, vaya saber por cuánto tiempo.
Es que han estado lastimando lo más sagrado de una sociedad: el respeto en todo sentido. Creen que en política vale todo, sin darse cuenta que la política es parte de la democracia, un sistema cuyo proceso en continuo mejoramiento necesita afirmarse exclusivamente en la verdad, la justicia y la paz, otro camino puede engañar peligrosamente.
Es difícil aceptar la derrota, como también es difícil controlar el éxito. De muy mal gusto resultaría que valiéndose del éxito se apliquen castigos injustos o por no asumir la derrota se eche palos a la rueda. Ni una, ni la otra, pero sí, nunca claudicar la verdad y la justicia.
No hay un pueblo tonto, no se trata de ciudadanos ingenuos sino que hay en cada uno de los habitantes de Quimilí una capacidad auténtica siempre latente, capaz de poner freno a los atropellos, esquivar las dádivas condicionantes, colar los mensajes impuros, eliminar a los obsecuentes. Es el pueblo el que salió por el agua, dónde no hubo banderas políticas, credos, ni raza; de la misma manera que la historia lo refleja: el cordobazo”, el santiagueñazo, el cacerolazo.
El pueblo no habla, no se sube a un escenario, no está para equivocar o engañar, no es ave de paso, tampoco se muestra intermitente. El pueblo siempre está y aparece para aprobar o desaprobar, para dar lección, para renovar. El pueblo no es el que viene, deposita la confianza y se va, sino que se queda para monitorear. Tiene memoria. Es el que cuando llora lo hace de verdad. Es el que no finge y es el que tiene el mayor poder de decisión.
El pueblo no es un objeto al que se lo pueda usar.




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