lunes, 9 de febrero de 2015

HISTORIA DE AMOR , SACRIFICIO Y ENTREGA A LA EDUCACIÓN: 16-09-2006


              Fui sembradora de amor y saber, vi los frutos buenos, con una íntima felicidad, pensando: “¿Fueron mis niños?”; vi los pimpollos caídos, arrastrados por el camino de la sombra… y me pregunté: ¿Por qué?, Sí sólo les di lo mejor de mi vida. Solo Dios, con su inmensa Sabiduría de Padre Bueno, me contestó…
              Pero hoy, retirada ya del campo de actividad, queridos maestros jóvenes, quiero contarles algo que marcó a fuego mi corazón cuando inicié mi carrera docente, allá por el año 1.964.
En una escuelita pequeña de pueblo, con poco personal, donde la mayoría de los alumnos provenían de los muchos obrajes cercanos, me designaron 1er. grado. Estaba feliz, llena de iniciativas y me brindé con alma y vida a ellos.
 A mediado de año llegó a mi aula un pequeño: bajito, con carita de luna, pelo negro encrespado pegado a su rostro. Su palidez blanca azulada me llamo la atención y cuando lo abracé para darle la bienvenida, noté que estaba mojado en transpiración. Está nervioso pensé... Queridos maestros no quiero ser extensa en detalles, pero quiero decirles que mi “Morenito”, (así lo bautice cariñosamente) parecía tener 7 años pero tenía 12. No sabía entonces por qué era especial para mí: le tomaba la manito para que aprendiera a trazar los números, conoció las letras y me miraba con sus inmensos ojos negros llenos de agradecimiento.
A cada momento le hacía un cariño, cuando besaba su cabecita siempre estaba mojada, transpiraba todo el tiempo. Pasaron 2 meses y un día no vino, ni el otro. Decidí ir al lugar donde habitaba, muy alejado de la escuela (el padre era trabajador golondrina), pero esa noche, cerca de las 20:00 horas, me enteré que estaba muy enfermo.
Fui hacia allí, entré en una precaria piecita de rancho y, perdido en una cama estaba mi “Morenito”, más pálido que nunca, mojado en transpiración. Le hablé, lo besé y abrió los ojitos… Impotente levanté los ojos al cielo y comprendí todo.
Las vinchucas bajaban, subían, se paseaban por las paredes, eran cientos, con la luz del mechero parecían soldados asesinos, y eso eran.
A la madrugada murió mi “Morenito” con sus manitos mojadas entre las mías…

Gladys Gorosito de Bulnes


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